CLAVADO A PLENA LUZ

Todos estaremos de acuerdo en que la oscuridad tiene un halo de misterio añadido por sí mismo que hace que juegue con ventaja en cuanto al miedo o terror se refiere. En cambio yo os aseguro que las peores escenas llámese “inexplicables”, “paranormales” o “extrañas” me han ocurrido a plena luz del día.
Yo siempre he tenido la duda de si una persona lleva consigo la sensibilidad ante ciertos temas o situaciones místicas o es un lugar el que puede estar imbuido de ese misterio paranormal. Me refiero al tema de las casas/edificios encantados. Yo, personalmente, me inclino por esta segunda teoría, pues desde que abandoné la casa de la que os voy a hablar no volví a vivir experiencias extrañas y menos tan escalofriantes como estas. Y, como os decía, lo más escalofriante me ocurrió durante el día.
Todo en este mundo que trasciende lo racional es muy subjetivo, y partiendo de esa base yo os puedo asegurar de que en aquella casa siempre me he sentido acompañada.
Se trataba de una casa de dos plantas, y cuyo pasado traumático no me consta. Yo, la pequeña de tres hermanos, jugaba en el hueco de la escalera muy a lo Harry Potter. La escalera era de madera, pero no crujía de forma excesiva, aunque los pasos eran audibles, pero con calcetines o descalzo el sigilo era posible.
Mi abuela materna había fallecido hacía unos días, no puedo precisar cuántos, pero si fue algo cercano a esto que ocurrió. Mi padre y yo estábamos comiendo mientras veíamos la tele, una de aquellas de forma cúbica en la que las madres y abuelas de antes gustaban en colocar pequeñas figuritas como las que salen en los roscones de Reyes. Mi madre era un poco más comedida a este respecto, pues en su caso sólo tenía colocado un pin con la imagen de la virgen Maria que le había regalado su madre, es decir, mi abuela fallecida. Mi padre y yo estábamos comiendo cuando de repente aquel pin de forma cuadrada salió disparado como una bala y se fue a clavar en la silla que estaba a mi lado. Había quedado tan clavado que se había hundido en la madera resultando una grieta de una considerable profundidad para haber sido causada por un mísero pin. Mi padre y yo nos miramos y solo acertamos en repetir “no es posible, no es posible” una y otra vez.
Fue un detalle que, sumado a otros, hacía que uno no estuviera tranquilo en una casa donde sombras sin dueño recorrían sus paredes todas las mañanas, como aquella en la que ciertos muñecos… Uy sí, con muñecos nos hemos topado. ¿Queréis que os la cuente también? Sólo os diré que ocurrió un día en que también brillaba el sol…

Si queréis que os siga contando mis historias inexplicables dejádmelo en comentarios, y si os ha gustado podéis compartirla. Seguro que muchos hemos vivido cosas así que no nos permitimos contar por miedo al qué dirán.

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