Mano amiga

Al habla Noah.

Recuerdo aquel primer día como si fuera ayer. El cosquilleo en el estómago teniendo a la ilusión como culpable. Los cinco sentidos ávidos de conocimiento. Muchos años por delante, pero con un futuro que prometía ser prometedor, valga la redundancia. Mucha gente me lo había descrito como la etapa más bonita de su vida. Y puedo corroborarlo. Es cierto. Fue cierto. Como se suele decir: “fueron buenos tiempos” o “fue bonito mientras duró”.

¿Y por qué tanta gente tiene tan buenos recuerdos de un lugar en el que no dejas de estudiar? Por dos razones. Una, porque es un lugar en el que no sólo aprendes a poder ser un profesional el día de mañana, sino que aprendes de los demás, aprendes a vivir, a relacionarte… Y creces. Cada año maduras a base de tantas experiencias vividas en ese sitio en el que, a pesar de la cantidad de horas pasadas te acabas dando cuenta de que te has centrado en cuatro paredes muy concretas nada más. Y apenas has tenido tiempo de conocerlo todo. Y aún eres esa esponja que absorbe cualquier cosa y que aún tiene ganas de más. Sin embargo, el tiempo pasa de manera implacable… Pero en ese momento aún no has sido consciente de ello.

Y aquí va la segunda razón. Porque también resulta ser un lugar seguro. En algún momento, casi sin haberte dado cuenta, llega el último año, te ponen el birrete, la banda, sales de fiesta, lo celebras…  y aquel día, quizá muy al contrario que muchos de mis compañeros, aquel día me dio mucho miedo. Porque decir “adiós” produce pánico. Que te suelten la mano y eches a caminar solo, da escalofríos. Y lo que es aún peor. Esperas que cuando te suelten otra mano amiga te recoja la tuya y te dé una oportunidad. ¡Ay sí! Una oportunidad… En cambio lo que ocurre es que vas quitando hojas del calendario y te das de bruces con una realidad en la que nadie te tiende esa mano. A nadie le interesa ya que sigas aprendiendo. Eres un cero. No eres válido. Y entras en un círculo vicioso en el que la improductividad te mina. Entonces necesitas buscar desesperadamente una forma de hacerte mejor y de ganar exclusividad, para que así quien lea tu perfil se vea atraído por ti y no por otro y por fin veas esa mano amiga. Una interesada mano amiga, eso sí.

Por ello te acabas viendo a ti mismo volviendo a los libros. Vuelves a las bibliotecas, a hincar los codos, a las clases, a los idiomas, a… a esos lugares que creías que no ibas a volver a pisar porque estarías empezando a entrar en el mundo profesional y ganando experiencia. Ganando puntos para ser más atractivo a ojos de ellos, de los que deciden. Pero mientras tanto la comodidad de esos “lugares seguros” te acompaña, y oye, no te sientes tan mal durante un tiempo.

Pero ¡ay amigo! Nada de esto te lo contaron en la charla de bienvenida. Sí es cierto que te dijeron que nadie regala nada y que no iba a ser fácil, pero cuando vas despidiéndote de la década de los 20 y ves que esa mano amiga aún no ha llegado te sumes en un pozo, y aquellos maravillosos años que pasaste estudiando tu pasión, ya no te apasionan tanto. Incluso acaban pareciéndote una absurda pérdida de tiempo. Y comienzas a sentir el horror de verte como un ser improductivo en una sociedad en la que la productividad es la meta principal. No importa el camino, importa el resultado. No importa cómo, importa cuánto. El ser un número más que produce horas y no un número que esté a la cola, a la cola de la improductividad. Que sí, que me quejo como tantos otros que han caído en la trampa del sistema. Pero en algunos casos mal de muchos no es consuelo de tontos. Y tienes tanto tiempo para darle vueltas a la cabeza…

Entonces se va abriendo ante ti la realidad. Una muy clara en la que ves que, no sólo has pagado más por saber, sino que sabes que también pagarás por olvidar. Y que el momento en que recuperes lo invertido está tan lejos… Y vuelves a pensar… piensas en tus sueños, tratas de volverte a buscar a ti mismo y encontrar en tu pozo interno esas metas personales y esos sueños que te mantenían vivo. Y dices ¿por qué no? Quien no arriesga no gana. Si nadie me tiende la mano, al menos trataré de ser feliz haciendo lo que me gusta.

Así fue que yo, en un momento de buscarme a mí misma recordé las palabras de mi madre: “ser escritora no da de comer”. Y ahora le contestaría: “no dará de comer a mi estómago, pero le da de comer a mi alma”.

No puedo engañarme a mí misma. Mano amiga, aún te sigo esperando, es cierto. Por aquello de dar también de comer a mi estómago, pero oye, que mientras llegas o no, al manos mi alma estará en paz porque estaré siendo feliz. Y eso es lo que mucha gente muy productiva desgraciadamente no puede decir.

4 comentarios sobre “Mano amiga

      1. No sé si se puede Noah. Pero a esta edad pienso que no hubo posible elección y que la vida es como un tren, hay que tomarla cuando llega y seguir las vías sin conocer el destino. El resultado tiene que ver más con la suerte que con el esfuerzo.

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  1. La felicidad para mí es una necesidad primaria que no se considera así. Sí, hay que dar de comer al estómago, pero también al alma, al cerebro y al corazón. Como tú dices ser productivo a secas no es suficiente. También hay que ser feliz. Y por desgracia a veces no se encuentran ambas cosas.

    Yo antes buscaba un trabajo que me gustase, que me hiciera feliz. Con el tiempo he decidido que lo que quiero es un trabajo que me permita ser feliz cuando termino. Que me deje el tiempo suficiente para pasarlo con las personas que quiero, que me permita ganar lo bastante para eso que hablamos del estómago y demás, y sobre todo que no me haga infeliz. Aclaro: no es necesario que me haga feliz, sino simplemente que no me quite la felicidad que yo tenga de por sí. Que cuando salga de mi jornada laboral mi vida personal no se vea afectada negativamente por el estrés o la frustración de mi trabajo. Que me sume, o en su defecto no me reste.

    No es lo ideal, no es perfecto ni mucho menos, pero está claro que no ser puede tener todo. Una pena, pero una realidad también. Afortunados los que se dedican a lo que les gusta. Hoy en día es una suerte inmensa.

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