El secreto que guarda el ángel de la guarda

Al habla Noah.

Hoy he decidido inaugurar un nuevo tema al que iré añadiendo historias de vez en cuando, y es el de las historias véase extrañas, extravagantes, misteriosas, sin explicación aparente y un largo etcétera de posibles denominaciones. A este tema lo bautizaré como: “Experiencias para-normales Capítulo I”.

Lo cierto es que en mi vida he tenido la ¿suerte? mejor dicho, la oportunidad de vivir momentos especiales y diferentes que te dejan con ese “come-come” que uno nunca acaba por resolver.

El capítulo de hoy, ya lo veis en el título, se llama: El secreto que guarda el ángel de la guarda.

¡Comenzamos!

Corría el año 2009, dato que no afecta demasiado a la historia, salvo por el hecho de dejar claro que por aquel entonces ya existía uno de los inventos que más iba a hacer avanzar o retroceder (según se mire) a la humanidad: el móvil. Esto es importante porque mi historia gira en torno a este aparatito.

Acababa de llegar a la estación de tren donde hacía transbordo para regresar a casa tras una dura jornada de tarde de clases de la universidad. Siempre iba acompañada de una amiga de la carrera. Ambas salimos del tren charlando animadamente; ya no recuerdo bien de qué, pero solíamos hacer honor al nombre de este blog, porque siempre acabábamos hablando sobre todo y para nada.

La puerta de nuestro tren vomitaba gente sin cesar que iba a parar a las diversas escaleras mecánicas y andenes. Nosotras íbamos subiendo por una de dichas escaleras. Ambas íbamos agarrando el bolso pegado hacia nuestro pecho para evitar sorpresas innecesarias. Yo siempre llevaba además el móvil en la mano. Y yo juraría que aquel día también lo llevaba. Miles veces habré recordado este suceso y mil y una recordaré haberlo llevado en la mano. Por eso, no sé por qué tipo de magia desconocida mi móvil desapareció, pero aún no me había dado cuenta. (He de decir que estaba metido en una funda muy llamativa color amarillo chillón, por lo que no tenía perdida).

Ya estábamos llegando al final de las escaleras mecánicas (y yo seguía sin darme cuenta). Mi amiga me pidió entonces que la acompañara a su andén, pues para que llegara su tren sólo quedaban cinco minutos y el mío aún no estaba anunciado. Volvimos a coger otras escaleras, que esta vez llevaban hacia abajo, para ir a parar al andén número 9, uno que estaba pegado a una de las paredes finales de la estación. Lo que ocurrió fue que mientras estábamos bajando, por la boca del túnel por el que aparece y entra el tren a la estación, vi salir a un hombre. Inmediatamente se lo dije a mi amiga, que lo que vio fue al mismo hombre yendo hacia el centro del andén desde uno de los extremos. Bien, yo no estaba loca. Me mosqueé un poco, pero el cerebro tiene que dar explicación a todo lo extraño, y pensé que sería algún operario de la propia estación.

Cuando llegamos al andén, el hombre estaba muy cerca de nosotras, y cuando le vi de cerca deseché inmediatamente la idea que había tenido, pues… ¿qué clase de operario sale del túnel perfectamente vestido con una camisa blanca impoluta y un pantalón de vestir negro con la raya planchada? A pesar de todos los detalles con los que me quedé de aquel día, nunca he sido capaz de recordar los rasgos faciales de aquel señor. Sólo recuerdo que era bastante bajito, rechoncho y con una pronunciada calvicie. Pero de sus ojos, de su expresión… nada…

Mientras mi amiga me hablaba yo me encontraba completamente ajena a sus palabras. Había algo en ese hombre que me atraía poderosamente. Entonces él me miró, clavó sus ojos en mí y se fue aproximando. Agarré a mi amiga por el brazo, en tensión. El hombre se detuvo frente a las dos y dirigiéndose a mí me dijo con aplastante rotundidad:

—Tú tienes un teléfono móvil con una funda amarilla y lo has perdido en esta estación.

Abrí los ojos como platos. Miré a mi amiga. Ella me devolvió la mirada estupefacta. Apenas atiné a decir un tembloroso “sí”. Y él, con total parsimonia y confianza, prosiguió:

—Pues es que quería decirte que aquella mujer del vestido azul tiene tu móvil —me dijo señalando a una mujer muy próxima a nosotras que iba vestida según su descripción.

Yo estaba asimilando que ese hombre me acababa de decir que había perdido un móvil que no sabía que había perdido. Me miré la mano: no lo tenía. Busqué en la mochila: no estaba. Miré al hombre: sonreía. Y aquella sonrisa, lejos de inquietarme, me transmitió paz y verdad. Confié en lo que me dijo, así que mi amiga y yo nos acercamos a la mujer del vestido azul.

—Disculpe… ¿no tendrá por casualidad un móvil con una funda amarilla? Es que hay un señor que me ha dicho que lo tiene usted y… es mío… —pregunté temerosa.

Y lejos de todo pronóstico, aquella mujer no lo negó. Aquella mujer no se hizo la loca, Aquella mujer no mintió. Aquella mujer me dio mi teléfono con una radiante sonrisa de felicidad.

 —¡Claro que lo tengo! ¡Toma, es tuyo!

La incredulidad que sentía sobrepasaba todos los límites del raciocinio. ¡Me lo había dado sin problemas! Y yo estaba tan alucinada que ni se me pasó por la cabeza ponerme a pleitear con ella y a enfadarme por haberme quitado el móvil con una habilidad que iba más allá de la de una ladrona de guante blanco. Lo único en lo que pensé fue en cómo aquel hombre podía haberlo sabido. Sobre todo porque hasta hacía un minuto había estado metido en un túnel…

Tras hablar con la mujer y recuperar mi móvil busqué al hombre con la mirada. Mi amiga también, pero el hombre ya no estaba. Se había esfumado. Si mi amiga no hubiera estado allí para poder corroborar el suceso, habría pensado que aquello había sido fruto de una enajenación mental transitoria mía, pero no, ocurrió. Aquel adorable y espeluznante señor, me había ayudado. Y lo más significativo fue la sensación que me había transmitido. Un sentimiento de paz y de cercanía que jamás había experimentado antes con ningún otro desconocido.

Nada más llegar a casa le conté la historia a mi padre, y me dijo que él pensaba que se trataba de mi ángel de la guarda, que desde luego en este caso estaba claro que lo que había guardado era mi móvil.

Y quizá esta historia se podría haber quedado en una anécdota puntual si no hubiera sido porque unos años más tarde le volví a ver…

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Canción: Ghost Whisperer (Entre fantasmas) (TV Show Intro / Main Song Theme) 2005.

4 comentarios sobre “El secreto que guarda el ángel de la guarda

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