Noche color Violeta (Parte V)

Viernes 18 de febrero de 2005

Al habla Escarlet.

Y ahí me encontraba yo, sujetando la puerta de aquel mugriento cubículo mientras Antonia le sujetaba a Violeta su largo pelo al mismo tiempo que ésta, de rodillas sobre aquellos pegajosos azulejos blancos, se aferraba a la taza del inodoro y daba salida a todo lo que había dejado entrar en su cuerpo hacía escasas horas. No aguanté mucho visualizando la escena, pues yo también estaba empezando a encontrarme mal al empatizar con el estado de mi amiga. Fui hacia los lavabos y me agarré a uno de ellos tragando saliva y cerrando los ojos, tratando de que ni mi vista alcanzara a ver más sucios detalles; ni mis oídos escucharan a Violeta; ni mi olfato se diera cuenta de los olores que me rodeaban, ni mi tacto notara las pringosas texturas. Pude mantenerme en aquella burbuja el tiempo justo para reponerme y recibir a mi lado a Violeta manteniendo la compostura, mientras ella se enjuagaba la boca y se lavaba las manos. El silencio que se mantuvo durante unos segundos fue una maravilla que no tardó en romper Antonia.

—Y aquí está su mejor amiga ayudándola a estar mejor —dijo con tono ufano. —No te preocupes Violetita, que yo te voy a cuidar —añadió a la vez que le daba un estrecho abrazo a Violeta.

Os aseguro que si Violeta hubiera estado en sus plenas facultades no habría permitido nada de lo que acababa de ocurrir. No acertaba a saber qué le habría dado más asco, si aquel Violetita o el falso abrazo. Sin embargo, yo no quería que siguiera perdiendo la dignidad, así que agarré a Violeta del brazo para sacarla de allí ante una contrariada mirada de Antonia que me resultó indiferente.

Pero aquella noche nada estaba destinado a pasar como yo quería, pues nada más salir del baño nos topamos de bruces con Gorca, y Violeta no tardó en ir a parar de nuevo a sus brazos.

—Habéis tardado un montón… —nos reprochó Gorca.

—Creo que a la vista está que no se encuentra nada bien… a saber por qué será… y no miro a nadie… —le recriminé a Gorca dedicándole una incendiaria mirada.

—Sí… será mejor que la lleve a casa —dijo Gorca mientras comenzaba a echar a andar con Violeta colgada de su cuello.

Yo me interpuse en su camino.

—De ninguna manera. La llevaré yo —sentencié.

Pero Gorca era un tipo que, como dice la canción, iba caminando por la vida sin pausa pero sin prisa procurando no hacer ruido y que todo le daba igual. Por eso prosiguió, y Violeta estaba encantada con el hecho de que su príncipe le fuera a llevar a casa. Yo, en cambio, estaba muy disgustada y decidí pasar de ellos. Ya había hecho suficiente por ella aquella noche y estaba harta. Así que cogí y me fui a la mesa que estaban ocupando Modesto, Antonia y Laurelia, me senté y me crucé de brazos. No pude evitar mirar de reojo cómo Gorca y Violeta bajaban las escaleras del Burger para irse. Modesto y Antonia se pusieron a tontear. Laurelia me observaba, y agradecí que no se estuviera dirigiendo a mí, porque sabía que si alguien me perturbaba en aquel momento no iba a responder de mí.

Los minutos pasaban y yo seguía tratando de convencerme a mí misma de que no me importaba lo que ocurriera con la parejita de tortolitos, pero nada más lejos de la realidad… Y comencé a asustarme. Y si Gorca iba a…

Di un respingo y volví a buscar desesperada el teléfono móvil en mi bolsillo. El barullo que había en aquel sitio era insoportable, así que bajé las escaleras y salí a la calle sin decirles nada a mis… ¿amigos? acompañantes, diría yo. O no acompañantes, porque en realidad les había acompañado yo más a ellos que ellos a mí.

Una vez en la calle llamé a mi padre y le conté la situación y mis sospechas. Mi padre, que conocía a Violeta de toda mi vida, y a la cual guardaba mucho cariño, también se alarmó y me instó a que le esperara, pues iba a recogerme en coche. Hacía frío, y los nervios me atenazaban los músculos aún más, pero no quería volver a entrar y tener que enfrentarme a las miradas, preguntas y risitas bobas de esos tres. Así que deambulé calle arriba y abajo hasta que escuché el inconfundible sonido del motor del coche de mi padre. Me subí rápidamente a él y arrancó.

—No hace falta que me preguntes nada, te lo contaré todo —le dije a mi padre.

—De acuerdo. Pero dime hacia dónde han podido haber ido.

—Gorca dijo que la iba a llevar a casa. Así que vamos a comprobar si es cierto—sugerí.

Era una suerte que la casa de Violeta estuviera tan cerca de la mía. Éramos algo así como vecinas lejanas, pero de su casa a la mía y viceversa habría un paseo de no más de 15 minutos andando, por lo que en coche la distancia era irrisoria. De hecho apenas tuve tiempo para poner a mi padre al día de los detalles más relevantes de la noche, cuando llegamos a la puerta de la casa de Violeta.

—Voy a llamarla. Si no me contesta seguro que es porque seguirá con él o porque no pueda, o porque le haya pasado algo… —dije alarmada.

—No te pongas nerviosa y llámala —trató de tranquilizarme mi padre poniendo cordura en aquel tenso momento.

La llamé, y al cabo de tres tonos, me respondió la grave voz de Gorca.

—Ahora Violeta no se puede poner porque no está bien. Luego te llamará.

—¿¡Cómo que no…!? —traté de preguntar quedándome con la palabra en la boca, pues Gorca no me dejó proseguir. Me había colgado.

Mi nerviosismo iba en aumento.

—Lo ha cogido él y dice que no puede ponerse… y si… y si…

El gesto de mi padre reflejaba una creciente preocupación.

—Vayamos a buscarla —dijo poniendo el coche en marcha.

—Pero… ¿adónde? —pregunté desconcertada.

—Por donde sea. Por todos lados.

Y literalmente así fue, fuimos recorriendo con el coche todas las calles de la urbanización, algunas de ellas tan mal iluminadas que tuve que bajarme del coche para comprobar si las sombras que veíamos correspondían a las de ellos. Así pudimos estar más de 20 minutos y cuando ya estábamos a punto de tirar la toalla, y que incluso nos planteamos llamar a la policía, los encontré. Allí estaban los dos, sentados en el banco de un parque con el cielo color violeta de aquella extraña noche de fondo.

Mi padre se quitó el cinturón.

—Le voy a decir cuatro cosas bien dichas a ese chico…

Yo le puse la mano en el brazo.

—Espera, iré yo. Y si vieras que tengo problemas entonces sal ¿vale?

Asintió poco convencido pero accedió, y permaneció dentro del coche en estado de alerta. Yo por mi parte me acerqué lentamente hacia ambos y Gorca me recibió con una carcajada.

Sin embargo en ese momento una voz… una voz ajena a todo y a todos, una voz que no sabía de dónde procedía, me interrumpió.

— ¿Por qué estás llorando, Escarlet?

Si quieres saber a quién pertenece esa misteriosa voz, no te pierdas el próximo capítulo de la historia de Escarlet y último capítulo de la primera temporada: Sesiones y obsesiones. El próximo martes 27 de marzo.

Canción: Alan Walker (2017) Alone (CD) DJ Valdi. Vol.2 (El DJ del Hormiguero). Blanco y Negro Music.

 

2 comentarios sobre “Noche color Violeta (Parte V)

  1. Oh por Dios, Escarlet, ¡cómo te gusta hacernos sufrir! Nos tienes en vilo queriendo saber qué pasa y cómo termina todo. O cómo empieza, quién sabe. No se me ocurre de quién será esa voz, por alguna razón le he puesto un timbre masculino, en una semana veremos qué pasa… Y jolín, qué angustia, pobre Violeta y pobre tú también. ¡Cuéntanos más!

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