Príncipes que salen rana (Parte IV)

Una tarde-noche de otoño de 2004

Escarlet al habla.

Entonces él acercó sus labios, abrió la boca y…

…me pilló con los ojos cerrados y los labios colocados en forma de pez. No sabría decir bien cuántos segundos duró ese momento, pues yo estaba tan absorta que no me resultó extraño que aquel beso tardara tanto en llegar. En mi mente se proyectaba la imagen a cámara lenta de multitud de besos de películas. ¿Acaso no eran así en la vida real? ¿Sobre todo al tratarse del primer beso que debía ser especial? O al menos así me lo habían vendido en tantas revistas, series, películas…

Noté su aliento sobre mi cara destilando un pestilente aroma a vino; y ese olor hizo que se rompiera la magia y que finalmente abriera los ojos para verle a él con los suyos fijos en mí abiertos de par en par. Aparté la mirada y sentí una profunda vergüenza. Él no decía nada. Sólo me miraba. Y no estaba ni serio ni sonriente. Mantenía aquel rictus de perturbadora normalidad; ese gesto que nunca llegué a descifrar y que me ponía tan nerviosa. Ese gesto que le convertía en un ser misterioso e indescifrable. Eso era lo más inquietante que además me fascinaba de él: que fuera tan ambiguo. Pero me volvía loca. Hay un momento para todo, y aquel, desde luego, no era el más adecuado para estar con cara de pasmarote.

Nos seguíamos mojando. Cada vez más. Aquel chirimiri inicial que hacía que las gotas colgaran nerviosas de la punta de su flequillo, se estaba convirtiendo en una severa lluvia que nos iba calando por completo. Alguien tenía que decir algo y, por supuesto, él no iba a llevar la voz cantante.

—Eh… ¿qué pasa? ¿No quieres besarme? —me atreví a preguntar con un deje de tembloroso nerviosismo en la voz. —Creo que, tras tanto tiempo juntos, es un buen momento…

—Sí, puede ser —se limitó a decir.

—A ver… ¿qué pasa? ¿No te gusto…? —pregunté temerosa.

—Sí. Si tienes razón. Es lo que deberíamos hacer.

Y se acercó de nuevo a mí, agachándose ligeramente para salvar la diferencia de altura y me dio un beso.

Y después…

No, no, sé que tras tanto bombo ahora tengo que describiros el beso. Aquel beso fue… pues el beso fue… es decir, se podría describir con una palabra de seis letras que empieza por “m”. Os dejo que os aventuréis con el crucigrama… Fue seco, maloliente y corto. Sobre todo fue, corto. Nos volvimos a quedar mirándonos. Yo abrí de nuevo la boca, esta vez para formular una pregunta más, pero él se giró cuando escuchó de fondo gritar a sus amigos que nos instaban a que regresáramos, pues la lluvia lejos de cesar iba en aumento.

¿Que si me cogió de la mano aunque fuera sólo por aquello de ayudarme a no resbalar en aquel oscuro pinar lleno de maleza y piedras? Nada más lejos. Él echó a andar y yo iba tras él rezando para no acabar con un esguince en el pie. Llegamos a la acera que estaba frente al pìnar y allí nos reunimos con los demás que no tardaron demasiado en tratar de sonsacarle lo que había ocurrido con codazos y bromitas. Violeta también se interesó pero me conocía y sabía que no debía de ir más allá, no en aquel momento. Era la hora de irse. Todos nos despedimos. Y él me dijo adiós con un leve movimiento de la cabeza. No podía creer tanta frialdad.

Una vez Violeta y yo nos quedamos solas, me agarré de su brazo y pusimos rumbo a su casa que se encontraba a un par de calles de allí. Y entonces lo dijo.

—¿Has visto? Está lloviendo vino —afirmó Violeta con la rotundidad que sólo el alcohol puede regalar.

—Claro, claro Violeta. Cuando te diga esto mañana lo vas a flipar.

—Puede ser… Estoy un poco contentilla ¿no? —dijo entre risas.

—Me da a mí que sí. Así que será mejor que esperemos a que se te baje la felicidad. Porque si te ven así tus padres…

Y así llegamos al portal de su casa y nos sentamos en las escaleras refugiándonos de la lluvia e hicimos lo que mejor sabíamos hacer: consolarnos, pues ni ella ni yo habíamos conseguido los objetivos de aquella noche. Todas nuestras expectativas se habían esfumado. Y lo que es peor, mi ilusión por Leonardo estaba dando paso a la tristeza, y lo que es más peligroso aún, estaba dando paso a la autoculpabilidad.

—Bueno Escarlet, es que ya sabes que es un poco suyo… —trató de consolarme tras haber escuchado la historia de mi beso por tercera vez y su nivel de felicidad empezaba a disminuir.

—Ya… pero es que no sé qué estoy haciendo mal —dije al mismo tiempo que apoyaba la cara entre mis manos.

—Tú no haces nada mal, es que él no lo está haciendo nada bien —intentó alentarme mientras pasaba su brazo alrededor de mi espalda. —Te mereces a alguien que te quiera. No puedes esperar a que espabile hasta que las ranas críen pelo.

Asentí con la cabeza y la abracé. Qué habría hecho yo sin ella… Me daba tanto miedo que ella se echara novio… Pues en aquellas revistas, series y películas que me vendían el cielo, también me avisaban de lo que podía ocurrir en el momento en que ella tuviera a alguien. Sólo rezaba por que aquellas revistas, series y películas que me hablaban de príncipes, también salieran rana con sus advertencias y mi Violeta siguiera siendo la misma…

El próximo martes 20 de febrero Escarlet os espera con: Noche color Violeta (Parte I)

Canción: Randy Newman (1995). You’ve got a Friend in me (Hay un amigo en mí). [CD]. BSO Toy Story

2 comentarios sobre “Príncipes que salen rana (Parte IV)

  1. Ñeh, pues al final no me gusta ese Leonardo eh? Esos aires de superioridad como si tú y el resto de las personas tuviérais que alzar la cabeza para mirarle… No, no, no, no me gusta. Qué mala es la adolescencia oye, que idealizamos a los demás como si tuviésemos motivos… Menos mal que crecemos y maduramos y terminamos por ver las cosas con mejor perspectiva. Que le den a Leonardo 🙂.

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    1. Ya… Leonardo era un tipo para cogerlo con pinzas y guantes. Pero hay personas “necesarias” para darte de bruces con la realidad y darte cuenta de muchas cosas. Esperemos que Escarlet se dé por fin cuenta en algún momento…

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