Aduelesencia

Escarlet al habla.

El caso es que el otro día me puse a releer el diario que empecé a escribir cuando contaba con la tierna edad de 13 años y reviví momentos no, momentazos de la vida… Me sorprendió leer lo intensamente que vivía algunas realidades que, actualmente, para mí habrían podido pasar prácticamente desapercibidas. Lo detalladamente que describía algunas anécdotas, lo minuciosamente que analizaba las expresiones tanto verbales como corporales de la gente. Lo importante que era para mí lo que pensaran los demás. Cómo vivía casi a través de ellos en lugar de pensar en mí misma. La poca importancia que me daba. Lo que, incluso, me llegaba a menospreciar en ocasiones…

La adolescencia… esa etapa de transición a la que no se le da la importancia que se merece ni el cariño que necesita. Porque en ella somos frágiles, somos vulnerables y ocultamos nuestras innumerables debilidades detrás de una coraza de rebeldía. Nos dicen que no somos nadie pero sí lo somos, somos muchos más: somos un proyecto de alguien.

Pues en mi caso, mientras pasaba el tiempo y Leonardo se iba haciendo dueño de mi corazón, mi cuerpo comenzaba a mandarme señales de que algo estaba cambiando…

¿Y por qué no hablar de ello?

8 de enero de 2001

No dolió, no ocurrió en un momento inapropiado, no fue desagrable, pero al mismo tiempo la hicieron parecer horrible e inoportuna. Da igual cuántas charlas te hayan dado, da igual cuánto te hayan contado, da igual cuánto lo esperes, porque en esto de la regla, no hay reglas.

Es posible que te entren ganas de dejar de leer pues, ¿a quién le importan los detalles? Pero no vas a hacerlo porque, admítelo, en el fondo eres más morboso de lo que crees, ¿o a lo mejor es el juego de palabras del título el que te ha enganchado?

El caso es que yo pensé que estaba preparada, que sabría manejar la situación, pero no podía estar más equivocada. Cuando vi el percal yo, ingenua de mí, llamé a mi madre. En mi angustia la llamé a ella… a Angustias…

—¿¡Y para eso me llamas!? —gritó mi madre desde el piso de arriba. —¡Ahora estoy ocupada, que te ayude tu hermana!

Suspiré, y antes de que la llamara, mi hermana abrió la puerta del baño y me dio el teléfono.

—Tienes todo lo que necesitas en el armario debajo del lavabo. Y las cajas vienen con instrucciones. ¿No te gusta leer? Pues ya tienes entretenimiento. Te dejo el teléfono por si quieres contarle el evento a alguna amiga.

Y sin más, se esfumó. Me quedé mirando la puerta con un palmo de narices. Eché un vistazo al armario y ahí había más variedades que en las estanterías de yogures, así que decidí llamar a Violeta. Ella ya tenia tres años de experiencia en el terreno. Y menos mal que podía contar con ella… Me tranquilizó y me explicó todo con lujo de detalles, como no podía ser de otra forma. Pero en cuanto la hube colgado me eché a llorar. Salí del baño, me encontré con mi padre y me abracé a él.

—Yo no voy a cambiar, papá. Siempre voy a ser tu niña pequeña. No me dejes de querer, por favor.

Sí, me sentía muy ajena, diferente y temerosa.

Mi padre, comprensivo como siempre, me devolvió el abrazo y compartió conmigo uno de sus sabios consejos.

—La materia puede cambiar de forma, puede cambiar de estado, pero seguirá manteniendo su esencia.

Y de ahí saqué una valiosa lección que no supe valorar del todo en ese momento, fue algo que realmente sólo llegué a entender con el paso del tiempo… La adolescencia en ocasiones duele, nos hace transformarnos, pero la esencia de nosotros mismos permanecerá a pesar de los cambios.
No os perdáis el capítulo Príncipes que salen rana (Parte III) el próximo martes 6 de febrero.

Canción: Dani Martín, (2010). 16 añitos. [CD]. Pequeño. Nueva York, EE.UU. Columbia Records.

2 comentarios sobre “Aduelesencia

  1. Hum, todavía me tienes en ascuas con Leonardo, pero la espera merecerá la pena.

    A mí no me gusta recordar mi adolescencia porque como tú dices, duele. Incluso hubo momentos en los que mi propia esencia parecía querer desaparecer y dejarme sola con una persona que ni reconocía ni me gustaba. Pero afortunadamente es verdad, nuestra esencia es precisamente nuestra y cuando pasan las tempestades y miramos atrás vemos que siempre fuimos los mismos. Al menos en lo primario, el resto cambia muchas veces de forma irreversible. Para bien o para mal. La vida, oye.

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