Príncipes que salen rana (Parte II)

Algún día de otoño de 2004

Escarlet al habla.

Aquella noche llovía vino. O al menos era lo que decía Violeta. Claro que ella sí que se había regado bien… Pero no, antes de aquella noche, hubo más noches, hubo más días y hubo más momentos que cada vez entendía menos…

Ya hacía algunas semanas que habíamos vuelto de las vacaciones de verano y no había sabido nada de Leonardo en todo ese tiempo. Mentiría si dijera que estaba enfadada o sorprendida, pues ya habían pasado muchas otras Navidades, muchas otras semanas santas y santas semanas también, y veranos y la situación no mejoraba. De hecho, podía estar todo un período de vacaciones sin saber nada de él. Y cuantos más medios de comunicación se desarrollaban a nuestro alrededor menos noticias me llegaban de su persona.

Digamos que, como ya mencioné, a pesar de que todo el mundo nos hubiera catalogado desde el primer momento de «novios», nosotros nunca habíamos tenido LA conversación. Por mi parte fue porque nunca me había creído lo suficientemente mayor como para hablar de eso, y por la suya… pondría la mano en la fuego al decir que seguro que él no le daba importancia a una nimiedad como ésa. Nos pasamos muchos años de nuestra infancia haciendo cosas juntos, ganando concursos de baile juntos, sacando las mejores notas, recogiendo diplomas honoríficos… De puertas para dentro del colegio sí estábamos juntos, pero una vez salíamos… él desaparecía…

Y con ese panorama entramos en la vulnerable edad de los 13 años y yo ya estaba hasta las trancas. La presión social empezaba a hacer mella en mí. Veía a otros compañeros míos jugando a escondidas a la botella en el patio del colegio, y yo le buscaba a él para que, juntos por supuesto, nos uniéramos a aquel juego y pudiéramos así compartir algún beso que no se había producido, ni robado, ni escondido en aquellos cinco años. El problema es que él veía más atractivo su diccionario de chino que a mí. Y me ponía los cuernos con cualquiera sin importar el país que fuera, japonés, ruso, árabe… A cual más exótico, pero a mí ni caso. A esas alturas ya sabía que su especial intelecto necesitaba desarrollarse a unas velocidades que yo no alcanzaba a comprender, pero me maravillaba su facilidad para aprender a hablar un idioma diferente cada mes. Y eso no hacía sino engancharme más a él. Sin embargo él no terminaba de engancharse a mí. Supuse que para una persona como él, alguien como yo tendría poco que ofrecerle. Mi afición por la lectura no llegaba ni de lejos a su memoria fotográfica o a ese gran don para sacar las mejores notas con tan sólo leerse el libro unas horas antes del examen. Era consciente de que estaba ante un ser extraordinario, lo cual me hacía sentir pequeñita en innumerables ocasiones, pero no era oro todo lo que relucía, pues sus habilidades sociales eran pésimas, y me dolía que no se diera cuenta de la cantidad de personas que se juntaban a él por interés.

Así era Leonardo, cuanto más despegado era más quería estar con él. Cuanto más callado permanecía, más interesante me parecía su silencio. Cuanto más me maravillaba, más enamorada estaba. Aquel osito aún seguía oliendo a él. Lo abrazaba cada noche, porque era la única forma en la que me sentía cerca de su corazón.

Pero a lo que iba… Aquella noche Violeta decía que llovía vino… Y ésa es la segunda cosa que mejor recuerdo de aquel día…

Si quieres saber qué pasó aquella noche, no te pierdas la entrada del martes 6 de febrero.

Canción: Olivia Lufkin, (2007). A little pain. [CD]. OLIVIA inspi’ REIRA (TRAPNEST). Wasabi Records.

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