Feliz, feliz no Navidad

Cualquier Navidad del 89 al 2009

En mi casa las Navidades no existían como tal, sino que había que reinventarlas. Pero también contábamos con nuestras particulares tradiciones, o sobre todo yo contaba con ellas.

  1. Poner los adornos en casa.
  2. Celebrar comidas y cenas familiares.
  3. Abrir los regalos de Reyes.

Para que lo entendáis, os iré describiendo cada una de mis tradiciones a priori de toda la vida.

  1. Poner los adornos en casa:
    Si bien a lo largo de mi vida he ido experimentado un sustancial adelanto por el hecho de adornar las calles y los centros comerciales con motivos navideños y empezar a vender dulces típicos, en mi casa nunca sabía a ciencia cierta qué día iba a poder adornarla. La cosa estaba entre el día 22 y el 24 de diciembre, por aquello de que quedara claro que los adornos eran única y exclusivamente para las fechas que eran. El asunto es que se formaba tal parafernalia que daba pena y dolor pensar que aquello sólo iba a durar una semana puesto. Pero ahí es donde estaba la diferencia de mi Navidad. Si bien se podían poner los adornos el día 22 o 24 luego duraban hasta el 10 o 12 de enero. Todo ventajas ¿verdad? Si no compensábamos por un lado lo compensábamos por el otro. Porque total, en mi barrio en alguna ocasión habían usado los adornos de Navidad para las fiestas de verano. Así que si el ayuntamiento hacía aquello, ¿acaso no estábamos nosotros más que autorizados como para alargar nuestras Navidades hasta las rebajas? Además, para adornar la casa se seguía un protocolo muy estricto:

    • Había que limpiar toda la casa. Véase como si fuera el osoji (gran limpieza de fin de año en Japón). Y claro, la casa se caía de mierda. Literal. No me voy a andar con chiquitas.
    • Había que animar a mi querida madre para que bajara al trastero a coger los adornos. Eso ya era todo un mundo. Porque para la señora Angustias ir de un piso bajo, que era mi casa, al trastero en la planta de abajo, los cuales estaban separados por la friolera de diez escalones, no era tan fácil. Desde días antes, más o menos desde que El Corte Inglés empezara a anunciar su catálogo de juguetes, tenía que ir mentalizando a la mujer de que fuera a por ellos para que así se sincronizara con la fecha límite para adornar que ya os dije al principio.
    • Había que tener preparados al menos dos rollos de celo transparente. Nunca he entendido por qué al celo de toda la vida se le denomina como celo, y al que se ve más porque realmente es más opaco recibe el nombre de celo transparente. Son de esas cosas dignas de analizar… Pero, debates lingüísticos aparte, ese celo que destacaba en mitad del espumillón no quedaba bien, pero quién era yo para contradecir a la encargada de la ambientación navideña. ¡Ah! Que aún estabais pensando que yo me lo guisaba y me lo comía todo. No queridos. Uno de los puntos del protocolo navideño debería ser el siguiente:
    • Había que convencer a mi hermana mayor para adornar la casa. Porque sí. Ella estaba en el ajo. Era ella quien tenía que dejar libre su apretada agenda de no hacer nada, para pasar a dedicar toda una mañana en colocar cuatro espumillones. Porque no os penséis que colocábamos un gran Belén o que nos afanábamos en colgar bolas y adornitos en un pino. Sino que colocábamos un belén pequeño de una sola pieza, en el que sus figuras tradicionales ya estaban pegadas; y colgábamos cuatro espumillones de una lámpara, por las paredes y la barandilla de la escalera. Sí, el asunto va perdiendo glamour por momentos…
    • Las frases de Navidad. De este punto nos encargábamos mi madre y yo. Mi madre escogía alrededor de seis frases o refranes que le gustaran; los preparaba en Word con las letras huecas para que yo las pintara de colores y después las pegábamos a las paredes del salón para que tanto invitados  como familiares pudieran disfrutar de un relajado ambiente leyendo cosas del tipo: «Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos.»; «El odio es la venganza de un cobarde intimidado.» o «No existe amor en paz. Siempre viene acompañado de agonías, éxtasis, alegrías intensas y tristezas profundas». A mi madre le gustaba expresar sus más profundos sentimientos por los demás en fechas tan señaladas; es lógico, no puedo culparla por ello.
  2. Celebrar comidas y cenas familiares:
    Mi familia nunca ha sido demasiado numerosa, y si lo hubiera sido mi madre se habría encargado de esquilmarla. Era uno de esos momentos en los que se ponía insoportable, más que de costumbre. Se ponía a preparar comida como una loca y a maldecir continuamente por el hecho de tener que hacerlo. Eso sí, era tradición cenar con su familia en Nochebuena, en Nochevieja y comer el día de Reyes. Y son de esos momentos en los que me caían las típicas frases que me hacían poner los ojos en blanco: «¡Ay, pero cómo has crecido!»; «¿Qué tal el cole?»; «¿Has sido buena o los Reyes te van a traer carbón?» Es ese momento en que como niña las caras de todos tus familiares se te juntan en una sola que repite lo mismo en un bucle interminable, puesto que la originalidad se diluye en el formalismo y acaban repitiendo lo mismo uno tras otro. Y mis respuestas, por hartazgo, acababan transformándose en encogimiento de hombros y asentimientos con la cabeza. Todo para tener que soportar otro repetitivo: «Uy, se le ha comido la lengua el gato». Parece mentira la de detalles que puede captar una mente infantil, pues ya en aquel momento me daba cuenta de todo aquel insoportable postureo familiar. Lo único por lo que todo aquello valía la pena era por aquella comida que sabías que, aunque ibas a comerla durante unas dos semanas de manera continuada no la ibas a volver a catar el resto del año. Y yo aprovechaba la saliva que perdían los adultos para coger algún que otro langostino más…
  3. Abrir los regalos de Reyes:
    He de confesaros algo. Nunca he sabido lo que es levantarse y tirarse a por los regalos, a arrancar los papeles de envolver, a gritar como loca de la alegría. El día de Reyes requería de un protocolo propio. Tenía que levantarme e ir directa al baño a ducharme y vestirme, pasando por medio de un salón abarrotado de paquetes que tenía que esforzarme en no mirar. Después tocaba desayunar un roscón de Reyes que perdía toda la magia puesto que mi hermana se dedicaba a darle la vuelta para saber por dónde se encontraba la sorpresa. Luego a abrigarse para ir a casa de los abuelos que nos daba su consabido sobre de dinero rodeado de un halo de misticismo al contar elaboradas historias de cómo los Reyes lo habían dejado en sus casas. Y tras media mañana de remoloneo, por fin llegaba el momento de llegar a casa y… esperar a que viniera la familia de mi madre para abrir todos juntos los regalos. Y era muy duro… Los paquetes me miraban, me ponían ojitos, yo los rozaba con las puntas de los dedos pero nada… Aún no se había dado el pistoletazo de salida. Mi paciencia infantil era colosal, pero no os penséis que me sentía orgullosa de ella, porque yo solo quería ser una niña y ese día sentía que no me dejaban serlo… Pero a pesar de todo ello, año tras año, fui aprendiendo otra valiosa lección de la vida: no hay mejor ilusión que la que se sostiene en uno mismo a pesar de los demás.

    Canción: NKOTBSB, Kevin Richardson, It’s Christmas Time Again (2012) (single)

2 comentarios sobre “Feliz, feliz no Navidad

  1. Madre mía, no conozco a la señora Angustias pero intuyo que no me caería bien. Qué agonía de mujer, por Dios. Tenía que haber adornado las paredes con este refrán: “No hay mal que cien años dure”, porque afortunadamente nadie es inmortal y además Escarlet cuando crezca se independizará y celebrará las Navidades (o no) como le dé la gana. Ya veremos si es así.

    Una casa no necesariamente es un hogar. Y viceversa. Por suerte, aunque nos criemos simplemente en una casa, la vida nos da la oportunidad de encontrar nuestro sitio en cualquier otro lugar, vivienda, persona. Y de sentir ese calorcito tan agradable. Porque hay personas que son hogares.

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