La verdad de la hermandad

Aparte de mis padres, por mi vida revoloteaban otras dos personas. Y digo revolotear porque, si a veces apenas los veía, cuando estaban parecían más cojoneros que una nube de moscas; porque yo he tenido dos hermanos que resultaban ser dos ejemplares de estudio.

Pero lo que desde luego resultaba más curioso de todo era que entre los tres nos llevamos los mismos años de distancia. Y no sólo eso, sino que los tres nacimos en Navidad. Desde luego que daba qué pensar… De hecho, una vez que me puse a reflexionar sobre ello pensé que, o la vida íntima de mis padres había pasado solo por «tres momentos de cariño», o que lo habían planeado con una exactitud de premio Nobel de biología y a eso se le tenía que unir irremediablemente una puntería más que envidiable. Pero nunca ha sido cuestión de preguntar algo como tal a bocajarro. Hay dudas que han de quedarse en el tintero.

El caso es que desde pequeña descubrí que, si bien fuera por la diferencia de edad o la diferencia de caracteres, no teníamos nada que ver entre los tres, —el espacio-tiempo que hubo de barbecho entre cada uno debió de afectar— y que lo único que teníamos en común era una compartida animadversión de los unos hacia los otros.

Siempre les he considerado dos personas bastante excéntricas. Y eso era peligroso dado que, además, eran mis hermanos mayores… Yo me encontraba en una situación de riesgo, pero no os preocupéis, no sucumbí al lado oscuro.

Mi hermano tenía una obsesión por contar todo lo que le sucedía en un diminuto calendario que tenía colocado en el centro de su mesa. Era tan difícil resistirse a la tentación de leer aquellas confidencias tan públicas… De hecho, de no haber sido por ese calendario apenas podría considerarle más que un compañero de piso que dormía en la habitación de al lado.

Mi hermana, por su parte, no se quedaba atrás, y tenía una fuerte obsesión por coleccionar mochilas. Y siempre salía de casa con tres: una a la espalda, y una en cada brazo colgadas. Alguna que otra vez me imaginaba que su habitación era un frondoso bosque plagado de peligrosas plantas y animales que tenía que sortear para así poder llegar al otro lado. Era mi manera de convertir en más amena mi llegada a mi cama, puesto que ella y yo compartíamos habitación, y excuso deciros que mi cama también estaba llena de aquellas molestas inquilinas. Cuando mi juego de «el bosque mochiláceo» empezó a molestarle, me dijo que me imaginara que ella era una guardabosques y que yo, si quería pasar, tenía que esperar a que ella se retirara. Era su forma de decirme que ella quitaría sus cosas de mi cama cuando considerara oportuno mientras yo tenía que esperar horas para poder ir a dormir…

¿Dónde estaban aquellos hermanos convertidos en compañeros de juegos, en ejemplos a seguir, en amigos incluso? ¿Dónde estaban aquellos hermanos-confidentes a los que contar mis incertidumbres? En muchas ocasiones me encontraba contándole mis penas a unos peluches que ya no eran suaves, porque ellos ya los habían abrazado lo suficiente como para haberse llevado lo mejor de ellos. Y así me sentía en más de una ocasión, como si ellos se hubieran llevado lo mejor de todas las cosas y de todas las personas que me rodeaban.

Pero pronto descubrí una gran verdad, una verdad esperanzadora en un principio. Y por el camino me encontré otro tipo de «hermandad», una que rima con amistad y que empasta muy bien con ella. Y yo, con unos bien cumplidos seis años conocí lo que significaba esa palabra…

Canción: Tontxu, (1997). Los muñecos quitapenas. [CD]. Se vende. España, Parlophone Spain.

9 comentarios sobre “La verdad de la hermandad

  1. Empecé riéndome a carcajadas y terminé con un nudo en la garganta. Está claro que muchas veces la realidad supera la ficción, y sea cual sea el caso de Escarlet es una historia que merece ser contada.

    Además coincido con ella en que a veces los lazos de amistad o de cualquier tipo de amor son mucho más fuertes y sólidos que los de sangre. Qué le vamos a hacer.

    Por cierto, buena canción la que has puesto, “Los muñecos quitapenas”. No la conocía y me ha gustado.

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  2. Esta historia tan bien contada me ha recordado a ‘algunos’ hermanos, que no a todos para mi fortuna.
    Aparezco aquí por primera vez, y deseo ir sabiendo lo que Escarlet nos quiera contar.
    Gracias por llegar a mi blog, dándome así la oportunidad de encontrarte.
    ¡Saludos!

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  3. Hoy he leído esta historia y me gustaría hacerte una pequeña reflexión.

    No, los hermanos no son tus amigos, son tus hermanos. Eso no quita que no sean personas a las que no les puedas contar tus problemas y que no sean tus compañeros de juegos. Yo jugaba con mi hermano pequeño y bastante. Y puedo decir que si alguien hubiese intentado hacerle algo ese alguien lo hubiese pagado con creces.

    Pero ahí va mi segunda pregunta. ¿De verdad te libraste del lado oscuro? :D.

    Y luego la tercera. ¿Hasta qué punto conocías a tus hermanos? Quiero decir, mi propio hermano se sorprende a veces cuando descubre algunas cosas de mí que no sabía, comportamientos, expresiones… Porque con nadie nos mostramos completamente como somos. Cada persona ve en nosotros una cara. No es que seamos falsos ni nada por el estilo, es que cada lugar tiene sus comportamientos. Tengo una curiosidad. ¿Conociste a alguno de los amigos de tus hermanos o a sus parejas?

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