Padre no hay más que uno

Martes 8 de noviembre de 1994

Siempre me ha enervado escuchar a la gente decir: «es que madre no hay más que una, pero padres a saber». Fíjate tú que no tenía yo conocimiento de que pudiéramos tener más de un padre de sangre. Pero oye, esta cuestión la meto en mi apartado de cosas dignas de analizar. Y desde luego que mi padre no ha habido, hay ni habrá más que uno.

Creo que a mi padre se le podría definir brevemente con la expresión: «no especialmente». Porque él nunca ha sido especialmente atlético. Ni especialmente apañado. Ni especialmente cocinero. Ni especialmente espabilado… En definitiva, nunca ha sido especialmente especial en ninguna especialidad específica. Aunque siempre he pensado que lo que mejor le define es su propio nombre: Inocencio. —Queda más que probado que todo el mundo fue bien bautizado excepto yo misma—. Mi padre es de ese tipo de personas que se lo creen todo y tienen que ayudar a todos en todo, incluso aunque no sepa hacerlo del todo.

Voy a comenzar por donde mejor se comienzan las cosas, por el comienzo (valga en este caso la redundancia lingüística). Recuerdo muy bien el día en que conocí a mi padre. No, no soy un prodigio de la memoria y no me acuerdo del día en que nací. Además, ya os conté cuál fue el primer recuerdo de mi vida. Pues también tengo bien grabado el primer momento que mejor podría definir al padre que tengo.

Aquel día, mi padre me había prometido que iríamos al cine a ver el «El rey león» por su cumpleaños que había sido el día anterior.

En primer lugar había desplegado sus escasas habilidades en el arte del engaño para conseguir salir conmigo de casa entre semana y que mi madre nos diera su bendición.

—Vamos a ir a pasear al parque —dijo mi padre tratando de ocultar una gota de sudor frío recorriéndole la frente.

—Hace frío, y nunca sales con la niña a pasear entre semana —alegó mi madre con rotundidad, claramente a la defensiva, cruzándose de brazos.

Mi padre no se aclaró la garganta para no parecer nervioso, pero la voz que salió de ella fue carrasposa y le delató.

—Un día es un día… —volvió a intentar convencer a mi madre con un sólido argumento  parecido a aquel de: «esto es así porque lo digo yo».

—En fin… ya hablaremos tú y yo…

Es así. No es especialmente bueno mintiendo.

Cogió el coche y fuimos al cine, pero al aparcar vio en el coche de al lado a una mujer que estaba tratando, en vano, de arrancar el suyo mientras maldecía. Parecía que llevaba bastante tiempo intentándolo. Mi padre se acercó a ella.

—¿Necesita ayuda? —preguntó educadamente.

¡Acaso no era obvio que sí la necesitaba! Si esa mujer hubiera sido yo le habría respondido: «No. Es que me apetece abrir el capó del coche y tratar de arrancarlo una y otra vez.» Ojalá hubiera sido así, pero nada más lejos de la realidad…

—Estoy desesperada… Tengo que ir a llevar a mi hijo al hospital y llevo un buen rato tratando de arrancar el coche… —dijo la mujer con tono de angustia.

—Parece que se le ha descargado la batería. No se preocupe. Tengo unas pinzas en el maletero y podemos intentar arrancar conectándolo a mi coche.

—Ay, muchas gracias. Si fuera tan amable…

Pero qué se creía mi padre. ¿McGiver? Mi padre se dispuso a sacar las pinzas y a llevar a cabo toda la parafernalia, pero yo, a mis cinco años, comenzaba a impacientarme.

—Papi, quiero ir a ver la peli… —insté a mi padre de la manera más dulcemente chantajista que pude. (Sé que en ese momento no fui consciente de que hacía chantaje emocional. No penséis que desde pequeña era fría, despiadada y calculadora. Eso ya vino después.)

—No te preocupes, cariño, que esto estará apañado en un momentito—mintió de nuevo, especialmente mal.

De hecho estoy por afirmar que en aquel momento yo era más consciente que él de que no tenía ni idea de coches. Pero tenía que darse de bruces contra la realidad él solito.

Se sentó en el asiento del conductor y se puso a buscar el botón y/o palanca que accionara el capó para que se abriera.

—La cosa es que no sé dónde se abre esto… —mascullaba.

La mujer salió entonces de su coche, se acercó a mi padre, echó un vistazo al interior, accionó una palanca y… ¡voilá! capó abierto.

—Disculpe, es que de estas cosas suele encargarse mi mujer… —trató de defenderse.

—No se preocupe, bastante está haciendo ya usted por mí…

Y no, ese no fue el pensamiento real de la mujer. Os lo traduciré: «me ha tocado el más tonto del pueblo».

No os aburriré con detalles sobre mecánica que, además, desconozco por completo, pero sí os diré que sí, el coche de la señora acabó arrancando, pero eso fue después de que la mujer reconectara las pinzas porque mi padre se debió de equivocar al engancharlas.

Una vez la señora se hubo ido, cogí a mi padre de la mano y tiré de él. Corrimos todo lo que las piernas no especialmente atléticas de mi padre dieron de sí y nos encontramos con el taquillero.

—Dos entradas para el siguiente pase de «El rey león» —pidió mi padre mientras sacaba la cartera del bolsillo.

—No hay siguiente pase. El último comenzó hace 15 minutos.

Y yo me lo temía…

—¿Qué dice? No es posible…

—Y tanto que lo es. Tiene además detrás de mí un cartel bien grande con el horario.

Nos apartamos de la taquilla y mi padre y yo nos miramos con decepción.

—Lo siento cariño… —se disculpó afligido.

—No pasa nada papá… Pero esa señora te ha dicho una mentira… No tenía a su hijo en el coche…

Mi padre me miró incrédulo y suspiró.

—Bueno cariño, pues hoy hemos aprendido una lección muy importante.

—¿Que no hay que mentir? Si tú mentiste a mamá para venir aquí…

—Ésa no es la lección… La lección es que no hay que fiarse de todo el mundo…

Pero mi padre también es especialmente malo aplicándose sus propios consejos…

Sin embargo, aquel día yo aprendí una valiosa lección. Que puede que mi padre no sea nadie especialmente, pero lo que sí es especialmente, es mi padre.

Canción: Nathan Lane, Ernie Sabella, (1994). Hakuna Matata. [CD]. BSO The Lion King (El rey león) Disney.

8 comentarios sobre “Padre no hay más que uno

  1. Reblogueó esto en Donde están las luces…y comentado:
    Para mí la figura del padre, tiene una ternura especial. Relegados a un tercer plano, primeramente e inconscientemente, por nosotros mismos al nacer. En segundo lugar por nuestras madres y con el argumento irrefutable de que nos han parido y en tercer lugar por la sociedad y sus “derechos de igualdad”. La figura del padre siempre está ahí, pero entre todos, hacemos muy difícil que se vea.

    Le gusta a 2 personas

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